martes, 29 de junio de 2010

Dos, tres, muchas Rosario

Una familia de turistas porteños pasea por la costa rosarina, bordeando el río Paraná. Dos niños rubios, que parecen salidos de una publicidad de chocolate suizo, corren por el césped junto a Mike, el labrador de la familia. Sentados en un banco, sus padres elogian lo moderna y segura que está Rosario. En el mismo lugar, pero unos metros más abajo, haciendo equilibrio sobre la misma barranca, una familia de pescadores intenta sacar algo del río, algo que les permita tirar unos días más.

Ninguna ciudad es solamente una. Los diversos apodos que tiene Rosario dan cuenta de su historia: de origen bastardo, fue cuna de banderas y rebeldes, refugio de rufianes y parias de ultramar. Sus calles y plazas han sido escenario de crímenes infames y de gestas heroicas, protagonizadas por miles de anónimos.

Hoy la “Barcelona argentina” tiene bastante mugre bajo su alfombra. Se parece demasiado a la del primer centenario. Como aquel entonces, bebe de la copa del agronegocio, una copa que no derrama salvo que la vuelquen. Y se ha reconvertido, siguiendo el modelo de ciudad posfordista, como un mosaico de fragmentos que se yuxtaponen entre sí. La integración es una utopía del pasado, ahora de lo que se trata es de sobrevivir. Islotes de lujo, refugio último de los ganadores de estos tiempos, se encuentran rodeados por barriadas populares donde muchas veces falta el pan pero donde sobran dignidad e ingenio para resistir. En el medio, la clase de los amedrentados, los que buscan comprar la llave del cielo con una ficha del City Center.

Pero cada tanto los ninguneados derriban los muros que los aíslan, dejan de ser espectadores y saltan al escenario. A veces se plantan sobre Circunvalación y detienen por unas horas el flujo de mercancías. A veces van a exigir cara a cara ante quienes los consideran solamente un número de una base de datos. Parafraseando a Paulo Freire: Rosario no es, está siendo.



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