lunes, 30 de noviembre de 2015

Cambiamos, ¿Y ahora?


Macri presidente electo. Era una hipótesis descabellada tiempo atrás, pero casi una certeza después del 25 de octubre. Después del cimbronazo, el futuro inquilino de la Casa Rosada oscila entre el shock que exige el círculo rojo y el gradualismo que imponen las promesas de campaña, la exigua diferencia en el balotaje y la falta de mayoría propia en el Congreso.


Paradoja de la política, el ciclo kirchnerista se cierra con el triunfo del otro gran emergente del 2001: el PRO, que hegemoniza la alianza Cambiemos.  
Se trata de una coalición fruto de una estrategia audaz: el acuerdo entre el partido más viejo, la UCR, y el más nuevo, el PRO.
Se ha insistido en esta semana con un hito: después de 99 años de sufragio popular, por primera vez una formación de centro derecha accede a la presidencia argentina por la vía electoral
Las causas del triunfo son diversas. Hay que gambetear la monocausalidad. Sobre todo, la que machaca sobre la supuesta ignorancia -o hijaputez- de millones de compatriotas. También la que despotrica casi exclusivamente contra la protección mediática que, no obstante, existió. Los procesos electorales conjugan aciertos y errores, factores coyunturales y de mediano plazo.
Se mencionan algunas claves: el amesetamiento de la economía después de 2011, la inflación, el impuesto a las ganancias, la crisis de las economías regionales, el vilipendiado “cepo” al dólar. Las denuncias de corrupción, que salpicaron de la primera mandataria para abajo. También un liderazgo presidencial hipercentralizado, cuasi omnipresente y confrontativo. Un candidato desangelado, demasiado kirchnerista (o kirchnerizado) para seducir a un electorado más allá de los convencidos, y demasiado corporation-friendly para el kirchnerismo paladar negro. Que estuvo secundado por alfiles entrenados para meter las patas en el barro de la política pero que son verdaderos piantavotos al momento de las urnas.
Paradójicamente el kirchnerismo, que (re)politizó la vida social en estos doce años, basó su campaña en la enumeración de logros en materia económica: creación de puestos de trabajo, estímulo del consumo y la ampliación de la protección social.
Se refugió en el rol conservador. Se ancló en el pasado, a lo sumo en el presente. Entregó al macrismo la épica, la promesa de un futuro mejor. Después del 25 de octubre incorporó otras demandas y empezó a hablar de cambio. Pero era ya demasiado tarde.  
El oficialismo siempre subestimó al PRO. Lo subió al ring y lo ubicó en el rincón derecho. Era el challenger ideal. Podría conectar algunas manos, pero nunca tumbaría al campeón.
Sin embargo, el partido de Macri fue superando fronteras, a priori infranqueables: geográficas, ideológicas, sociales.  Como bien señala el politólogo José Natanson, el PRO es la franquicia local de una nueva derecha democrática, posneoliberal y con rostro social.  
Como en un juego de TEG, con el avance del calendario electoral el ejército azul y el amarillo se fueron desplegando sobre el tablero. La alianza entre el PRO y la UCR fue más eficaz para crecer a costa de los rivales. Es cierto, tenía el terreno más allanado. Pero los números son contundentes:  entre las primarias y el ballottage, Macri sumó casi 7 millones y medio de votos: creció de  5.523.413  a 12.903.301. Scioli sólo sumó 3 millones y medio: 8.720.573 en las PASO y 12.198.441 en la segunda vuelta.
No obstante, ni  Cambiemos ni el FPV deberían confiarse de la photoshopeada imagen del balotaje. No hay un país dividido en mitades casi iguales.
En efecto, la primera vuelta ofrece una radiografía más precisa. La torta se repartió allí, a grandes rasgos, en tres porciones.
Cambiemos decodificó eficazmente la demanda social mayoritaria por una renovación dirigencial, más dialoguista y permeable, pero también por una continuidad de un estado activo en la defensa del empleo, el salario y la seguridad social.   
El nuevo oficialismo tampoco debería soslayar que para buena parte de ese electorado Cambiemos fue solo una herramienta para castigar al kirchnerismo. El vínculo entre esos votantes y la coalición triunfadora es instrumental. No enamora, no mueve multitudes. Por caso, en Rosario solo se congregaron en el Monumento a la Bandera unas 400 personas.


Giros y gradualismo
Mientras baja la espuma del triunfo, el presidente electo se da un baño de realidad.
Deberá revalidar legitimidad de origen con legitimidad de ejercicio. Sin embargo, tendrá menos margen de maniobra que sus antecesores.
El ciclo de altos precios de las commodities parece haber llegado a su fin, Brasil no logra desanudar una triple crisis económica, política e institucional, China desacelera su crecimiento. Fronteras adentro, debe lidiar con una inflación elevada, déficit fiscal y una sed de dólares para hidratar una industria altamente dependiente de componentes importados, pero también como resguardo de valor.   
Además, partirá con menos poder político. Está lejos del quórum propio, por lo que deberá negociar en el Congreso. Deberá aprovechar la disputa entre las distintas tribus peronistas por el control del PJ. Seguramente, sonarán primero los teléfonos de los legisladores del Frente Renovador y los que responden a los gobernadores, que necesitan fondos frescos para gestionar sus provincias. A su favor tendrá la jefatura de gobierno de la Ciudad y las gobernaciones de Buenos Aires y Mendoza.
En una semana intensa, Macri desplegó una serie de gestos. La belicosidad hacia Venezuela y la amenaza de aplicar la llamada “cláusula democrática” es más un intento de hacer buena letra ante Washington que un objetivo real. Ni Brasil ni Uruguay apoyarán la iniciativa. Con este gesto, Macri confía en acelerar la llegada de dólares.  
Además de los organismos de crédito, la otra fuente de divisas es el sector agropecuario. El titular de la Sociedad Rural, Luis Etchevehere, calcula que hay 8 mil millones de dólares de granos sin liquidar. Ruralistas y cerealeras amarrocan la cosecha a la espera de la devaluación anunciada. O, usando un eufemismo de moda, del “sinceramiento cambiario”.
La composición del gabinete también constituye una señal contundente. Se trata de un mix de política y tecnocracia: funcionarios porteños que ascienden de la Ciudad a la Nación, ex gerentes de multinacionales, y tres ministros radicales.    
Alguna vez Macri aseguró que “el círculo rojo no entiende de política”. Durante mucho tiempo lo subestimaron. Lo creyeron incapaz de construir gobernabilidad, y conservarla.
Ahora el presidente entrante deberá mostrar sus aptitudes para administrar la puja distributiva. Desde arriba le reclaman un “shock de rentabilidad”: llenar la copa para que en algún momento, con suerte, derrame. Pero por abajo hay una sociedad expectante: le prometieron que no perdería nada de lo conquistado.
Esa sociedad, que alberga un complejo entramado de organizaciones, se ha mostrado rápida de reflejos para salir a la calle. Macri lo sabe. No habrá primavera de cien días. No esta vez.

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