Un día en la vida

El día había llegado. El martes 12 de octubre empezaba la venta directa de las entradas para los dos recitales de Paul McCartney en Argentina. Cientos, miles, corrieron –literalmente- hasta el punto de venta más cercano. Era la oportunidad, seguramente la última, de ver un beatle en vivo y en directo. Y había que aprovecharla.
En Rosario las entradas se vendían desde las 10 en el Ticketek dentro del local de Sport 78 en el Shopping Del Siglo. Todos, o casi, hicieron la fila por calle Córdoba. Sin embargo, los brillantes empleados de seguridad abrieron todas las puertas al mismo tiempo, por lo que ese orden tan vigilado se pulverizó en minutos.
La cola zizagueaba por el primer piso y llegaba hasta la planta baja. Llega un muchacho de no más de 30 años, recorre la cola con el entrecejo fruncido. Finalmente, encuentra a quien busca y se mete entre los que estaban esperando. “Es mi hijo, me viene a reemplazar”, aclara casi innecesariamente una mujer de casi 50 años. Es que a pesar de la tensión y los relojeos a los extraños que se acercan, no parece posible ni siquiera de un empujón, una palabra que marque el lugar.
Es un público extraño, heterogéneo. Cincuentones de chomba Lacoste, deseosos quizás de volver a ser lo que una vez fueron, o lo que imaginan que fueron. Secretarias con carpetas abultadas. Unas veiteañeras venidas desde Santa Fe especialmente para comprar las entradas. Una chica sostiene que compra la entrada no para ella, sino para un primo; un acto de amor, una expresión de culpa, o ambas. Un gordito de barba y pelo largo, con remera de la tapa del disco “Hard Day’s Night”, sale de la cola, habla por teléfono y gesticula como un operador de bolsa hippie.
Nadie lee, pocos tienen puesto un auricular. Hay miradas perdidas en el vacío y hay ojos que registran los que están adelante, los que están atrás.
En la espera, apelan a distintos recursos, racionales algunos, casi místicos otros. Un ingeniero de barbita prolija y dos celulares hace un cálculo rápido: “a dos minutos por persona y teniendo 80 personas adelante, salimos en dos horas y media”. En su caso, le acertaría bastante. También se abren de la fila y miran hacia delante; como en la espera del colectivo, con la ilusión de acelerar el proceso por sólo observar. Manejar lo inmanejable.
Los distintos locales sirven de postas, de objetivos cumplidos. Pasan el local de ropa deportiva, ahora están frente a un local de lencería y ropa para adolescentes. “Qué lindo sería a la altura del kiosco, al lado de Sport 78” , suspiran en voz alta.
La cola avanza, se aprietan los puños, se actualizan los cálculos. Los pies se plantan. Silencio y ruidos de tazas en la planta baja. Vuelven diálogos típicos de una amistad anónima y efímera: las experiencias de recitales se presentan como medallas. Algunos dicen que vieron a AC/DC, los Stones, Pearl Jam.
Ante la inmovilidad, muchos se sientan. Aparecen algunos apuntes de estudio. Los que están al final de la fila observan la escena con resignación. Otros llegan, ven la cola y se van.
Dos personas discuten airadamente: se supone que uno es un encargado de Sport 78, otro del Shopping. “Esto es un quilombo, mirá toda la gente sentada en el piso”, dice uno, mientras el responsable del local deportivo lo mira y abre los brazos en señal de “qué querés que haga”.
En el local deportivo el embudo se estrecha. Aparece un nuevo interrogante: habitualmente, el puesto de Ticketek cierra a las 13 y reabre a las 16. Los que esperan se preguntan si esta vez harán una excepción. Un agente de seguridad que parece un playmobil verde asegura que trabajarán de corrido y sigue hablando con su handy.
Cada tanto, algún grupo que logró comprar su entrada festeja, grita, se abraza. Algunos sonríen. Otros mascullan entre dientes.
Se hacen las 12.55, luego las 13 y después las 13.07. La fila avanza, parece que el seguridad tenía razón. Del otro lado de la vidriera de Sport78, bolsos, zapatillas y camperas a precios obscenos. Seguramente, 400 pesos por un recital de dos horas también lo sean.
El solitario empleado de Ticketek cada tanto levanta la vista, mira la fila, se muerde el labio, y vuelve sus ojos hacia la computadora. Y también hacia el dinero que no para de fluir hacia sus manos. ¿De cuánto será su caja hoy? Quizás 200 mil pesos, o más.
“Adelante” le dice el vendedor, un flaco treintañero de pelo desordenado que ya no sabe cómo sentarse en su silla al muchacho que relevó a su madre. Entre que se imprimen las entradas intercambian algunas palabras:
- Hoy vas a soñar con McCartney, lo vas a terminar odiando...
- Ya lo odiaba, y hoy lo detesto más que nunca (risas). Se murió el beatle equivocado, a mí me gustaba Lennon…
No pasan dos minutos y ya tiene las entradas en sus manos. Revisa la fecha, la ubicación. Todo parece bien. Camina unos metros y se sienta en un local de hamburguesas en el patio de comidas. Come un sándwich de chorizo mientras la cola avanza lentamente. Se va del shopping y quedan ahí cientos que esperan ver un beatle, quizás por última vez.
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