martes, 25 de enero de 2011

MOVILIZACIÓN DE TRABAJADORES DESOCUPADOS A SEDE DE GOBERNACIÓN

La hicieron con carpa

Una soleada mañana de octubre se calienta aún más con la irrupción de movimientos barriales en la plaza San Martín. Advertencia de acampe. Tensas negociaciones. Promesas oficiales de solución y tregua parcial.


“Vamos, vamos, todos encolumnados atrás de la bandera” grita Guillermo Peterman, referente de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón (CTD) integrante del Frente Popular Darío Santillán (FPDS). Se planta por Moreno esquina Rioja, a pocos metros de la ex Maternidad Martin. Pasan los autos, espera el momento justo para cortar. El sol de media mañana de octubre se hace sentir. Un seco aunque contundente “ahora” inicia la movilización hacia plaza San Martín. Están dispuestos a acampar si no tienen respuestas de los funcionarios provinciales. Sus reclamos son básicos: aumento de tarjetas alimentarias y bolsones de alimentos para los comedores comunitarios, y saneamiento en el barrio Rivera de Villa Gobernador Gálvez, donde se han producido tres casos de leptospirosis.

La columna avanza por Moreno, ocupa casi una cuadra. La mayoría son mujeres, acompañadas de sus hijos. Vienen de barrios populares de Rosario como Magnano, San Martín Sur, Villa Manuelita, Vía Honda y Alvear; también de Villa Gobernador Gálvez. Los acompañan además estudiantes universitarios y trabajadores asalariados del FPDS. Se dan fuerza entre sí con canciones que recuerdan a militantes asesinados y que prometen que algún día las cosas serán diferentes.

Llegan a la plaza. Se ubican sobre Santa Fe, en la misma calle. En la escalinata de la sede de gobernación, cuatro policías sin escudos intentan disimular su nerviosismo. Dos oficiales cruzan sus motos en la esquina de Dorrego, para desviar el tránsito. Y sigue el agite: todos aplauden y cantan, los más jóvenes se animan a un pequeño pogo.

“¡Empecemos a armar las carpas, que nos quedamos, eh!” arenga Guillermo, conocido por todos como “el Pulpo”. En una asamblea previa, habían resuelto acampar por tiempo indeterminado hasta que resolvieran sus reclamos. Despliegan las carpas sobre las baldosas, pelean unos minutos con las varillas. Dos niños de no más de 8 años observan la escena, señalan con el dedo y se ríen. Una estudiante ayuda a los campistas urbanos. Mueven las iglú hacia el pasto. Algunos aprovechan la situación e improvisan una pequeña siesta.

La tensa espera de la negociación comienza. Casi todos se refugian en algún lugar con sombra. Muchos se sientan sobre el cordón o sobre el pasto de la plaza. Otros mandan mensajes de texto. Una pelota vuela por el aire y empieza un picadito en el verde césped de la San Martín. Un grupo aprovecha para tomarse una revancha verbal contra la policía: “mirá esa, parece un G.I. Joe” dicen de una oficial de lentes oscuros, alta y espalda ancha. También se ríen de la posición de descanso de un agente, con los pulgares a la altura de las axilas y las manos debajo del chaleco: “se está rozando los pezones” acota otro, y estalla la carcajada. Del otro lado de la calle, los policías miran fijo con cara de odio y mascullan entre dientes.

Un poco más alejados, el grupo de interlocutores ante los funcionarios repasa y afina el pliego reivindicativo. Además de la CTD, participan referentes del Movimiento 26 de Junio, una organización territorial del FPDS de reciente creación. Los del M26 son jóvenes de no más de 30 años, que hacen sus primeras experiencias en la militancia barrial. El Pulpo carga sobre sus espaldas una construcción de más de 20 años en la zona sur de la ciudad, e innumerables batallas; fue, incluso, brigadista en Nicaragua, durante la revolución sandinista. La ronda en canastita se rompe con un llamado desde sede de gobernación. Ingresan al enorme edificio donde funcionara en la dictadura el nefasto Servicio de Informaciones. Como gesto, liberan el tránsito por Santa Fe el tiempo que dura la reunión.

Y la espera sigue. Organizan pequeños grupos de volanteo: se ubican en las esquinas de la plaza y reparten una pequeña mariposa donde justifican por qué están realizando esta acción. La mayoría de los peatones la agarra, casi por compromiso.

Luego de una hora, los negociadores salen de la sede de gobernación. Sus compañeros los rodean, ansían novedades. “Avanzamos con algunas cosas, pero faltan destrabar otras”, anuncian. “Tienen miedo de que nos quedemos, vamos a seguir firmes como hasta ahora”, sostienen, y explican que en algunas horas habrá una nueva reunión.

Ya es la una de la tarde. Pasan niños rubios con uniformes blancos, arrastrando sus mochilas con carrito. Circulan también grupos de oficinistas de camisa y corbata, con saco en una mano y bebida finamente gasificada en la otra. Observan a los manifestantes sin sorpresa, como quien los reconoce una parte más del escenario urbano.

Un policía cruza de calle y se mete entre los manifestantes. Muchos giran sus cabezas y observan los movimientos de ese individuo que encarna en sus vidas cotidianas aprietes y detenciones por el solo hecho de ser pobres y querer dejar de serlo. El policía pregunta al Pulpo hasta cuándo se van a quedar. “Hasta que nos den soluciones”, responde, y el uniformado vuelve con los suyos.

Luego de la comida, preparada por un grupo de mujeres de los movimientos (ver aparte: Cocinar para 300) tampoco hay novedades.

El momento de la digestión se corta ante un nuevo llamado de los funcionarios. Esta vez la reunión será más corta: luego de media hora, los referentes de las organizaciones ya están de vuelta en la plaza. Se reparten entre los distintos grupos desperdigados por la plaza y los convocan: “Vamos cumpas, que ahora hacemos asamblea”.

Forman un gran círculo, con varios anillos. Los vecinos y vecinas se amontonan para escuchar. En el centro, los que se reunieron con los funcionarios. Comienza el Pulpo: “Nos dijeron que sí a todo lo que planteamos, compañeros” anuncia, y estalla la ovación. Informan la propuesta de la provincia: aumentos para tarjetas alimentarias y mercadería para los comedores de los movimientos. También expresaron el compromiso gubernamental de realizar tareas de saneamiento en el barrio Rivera de Villa Gobernador Gálvez, donde han detectado tres casos de leptospirosis por las ratas que merodean en un basural. “¿Quiénes están a favor de aceptar la propuesta?”, pregunta el Pulpo intuyendo la respuesta, y se alzan todas las manos. Fin de la asamblea.

Se forman pequeños grupos por organización, donde buscan operativizar los avances. Hablan de planillas, de plazos, de nuevas reuniones. Las carpas se desarman y vuelven a los bolsos.

Son las 5 de la tarde. Se esparce una noticia en la plaza: “mataron a un pibe en Buenos Aires, estaba en una movida de ferroviarios”. Era Mariano Ferreyra, el joven de 23 años asesinado por una patota de la Unión Ferroviaria mientras apoyaba un reclamo de trabajadores tercerizados. “Hay una marcha a las 7, nos encontramos en Humanidades”, avisa una estudiante universitaria. Algunos se quedan para participar de la movilización por el esclarecimiento de un nuevo asesinato en democracia a un militante social. Un nuevo nombre a la lista que componen Aníbal Verón, Darío Santillán, Maximiliano Kosteki, Claudio Lepratti, y tantos otros más.

Mientras tanto, los vecinos de los barrios cargan las ollas, las carpas, y las banderas. Se van a paso cansino y se diseminan por las calles aledañas. Pasaron casi siete horas y la plaza parece casi la misma que la de la mañana. Pero el sol está más bajo, hay promesas oficiales y cientos de pequeñas esperanzas de que esta vez las cosas sean diferentes.

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