martes, 25 de enero de 2011

Cocinar para 300


Mientras los delegados de las organizaciones se encuentran reunidos con los funcionarios, las mujeres de la CTD Aníbal Verón se ocupan de la comida para sus compañeros. Amanda, una anciana menuda de apariencia frágil, es la voz de mando indiscutida. Cuenta con la experiencia de cocinar en cientos de piquetes, para cientos de personas, con la amenaza permanente de desalojo por parte de la policía.

La acompañan chicas de 20 años y algunas cuarentonas. Acomodan una pequeña mesa donde cortan kilos y kilos de cebolla, papa y zanahoria. Amanda da indicaciones y rezonga. Se olvidaron el abrelatas y usan un cuchillo. “¿Dónde está la garrafa?” reprende Amanda a Gustavo, un estudiante de comunicación social que participa de la movida.

Las mujeres cortan la carne y la depositan en un balde verde. Al mismo tiempo, conversan sobre sus vidas personales y la situación de la organización. La línea entre lo público y lo privado es difusa y movible.

Tres ollas gigantes, de 20, 30 y 50 litros salen de su letargo. Caen en su interior todos los ingredientes del guiso. Amanda los revuelve con una espumadera gigante, como una hechicera medieval. Luego las cubre con una tapa de metal y unos cartones.

El aroma del guiso se difumina por el lugar y atrae a los manifestantes. “Deje de curiosear, usted”, advierte entre risas Amanda al cronista.

Pasan largos minutos, eternos, y la comida finalmente está lista. Se forma una cola extensa que serpentea por la plaza. Algunos tienen tuppers o platos hondos de plástico, otros recurren a botellas recortadas. No hay cubiertos para todos, por lo que hacen turnos para comer. Almuerzan primero los niños y los más viejos, luego el resto.

Circulan gaseosas de segundas marcas. De postre, naranja.

Los vecinos de los barrios se echan al sol. Mientras ordena los elementos utilizados, Amanda sonríe con la satisfacción del deber cumplido.

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