
Mientras los delegados de las organizaciones se encuentran reunidos con los funcionarios, las mujeres de
La acompañan chicas de 20 años y algunas cuarentonas. Acomodan una pequeña mesa donde cortan kilos y kilos de cebolla, papa y zanahoria. Amanda da indicaciones y rezonga. Se olvidaron el abrelatas y usan un cuchillo. “¿Dónde está la garrafa?” reprende Amanda a Gustavo, un estudiante de comunicación social que participa de la movida.
Las mujeres cortan la carne y la depositan en un balde verde. Al mismo tiempo, conversan sobre sus vidas personales y la situación de la organización. La línea entre lo público y lo privado es difusa y movible.
Tres ollas gigantes, de 20, 30 y
El aroma del guiso se difumina por el lugar y atrae a los manifestantes. “Deje de curiosear, usted”, advierte entre risas Amanda al cronista.
Pasan largos minutos, eternos, y la comida finalmente está lista. Se forma una cola extensa que serpentea por la plaza. Algunos tienen tuppers o platos hondos de plástico, otros recurren a botellas recortadas. No hay cubiertos para todos, por lo que hacen turnos para comer. Almuerzan primero los niños y los más viejos, luego el resto.
Circulan gaseosas de segundas marcas. De postre, naranja.
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